Cuentan los camioneros del Mediterráneo que hay horas en las que la carretera no pertenece del todo a los vivos.
No lo dicen en voz alta.
No delante de cualquiera.
Lo sueltan a veces en un área de servicio, con el café entre las manos, cuando la madrugada pesa más de la cuenta y el motor del camión aún cruje como si también estuviera cansado.
—Entre las tres y las cuatro no pares en ciertos tramos —dicen algunos.
Y luego miran hacia la cristalera.
Hacia fuera.
Hacia la oscuridad.
Como si esperaran ver algo cruzando entre los quitamiedos.
Los trabajadores de carretera también han oído cosas. No todos, claro. Hay quien se ríe. Hay quien dice que son animales, el viento, el cansancio o la cabeza jugándote una mala pasada después de demasiadas horas de turno.
Pero otros no se ríen.
Otros han estado allí.
Han parado de madrugada en la AP-7, en esos lugares donde la autopista parece una cicatriz brillante sobre la costa. Han bajado del vehículo con el chaleco reflectante puesto, han colocado conos, han revisado una señal caída o han retirado restos del arcén.
Y entonces lo han escuchado.
Primero, el silencio.
No un silencio normal.
No el silencio de una carretera vacía.
Un silencio antiguo.
Como si el mundo contuviera la respiración.
Después llegan los pasos.
Muchos.
Cientos.
Miles.
Pisadas secas, firmes, acompasadas. No suenan como botas modernas sobre asfalto. Suenan como sandalias sobre tierra dura. Como cuero viejo. Como cuerpos avanzando por un camino que ya no existe, pero que la memoria de la tierra todavía recuerda.
Algunos hablan también de metal.
Un choque leve.
Rítmico.
Distante.
Como lanzas golpeando escudos.
Otros aseguran haber escuchado jadeos.
No humanos.
Más hondos.
Más salvajes.
Como si algo enorme respirara entre los matorrales, oculto junto a la carretera, esperando el momento de cruzar.
Durante mucho tiempo se pensó que aquellas pisadas eran las de antiguos ejércitos. Fenicios, griegos, cartagineses, romanos, tropas musulmanas, comerciantes armados, viajeros perdidos. Todos pasaron alguna vez por estas tierras. Todos siguieron, de una forma u otra, el mismo corredor de costa, sal y piedra que hoy recorren coches, camiones y furgonetas con prisa.
Antes de la AP-7 estuvo la N-340.
Antes de la N-340, caminos de tierra.
Antes de los caminos, sendas abiertas a fuerza de pasos.
Y antes de todo eso, ya estaba el Mediterráneo.
Mirando.
Guardándolo todo.
Pero hay una versión más antigua de la leyenda. Una que no habla de un ejército marchando hacia la guerra.
Habla de una cacería.
Dicen que, en tiempos romanos, existía en aquellas montañas cercanas a la costa un jabalí descomunal. No era un animal corriente. Arrasaba campos, destrozaba cercados y mataba perros de caza como quien rompe ramas secas. Los pastores lo llamaban la Bestia de la Calzada, porque aparecía siempre cerca de los caminos por donde viajaban las tropas y las caravanas.
Nadie sabía de dónde venía.
Unos decían que había nacido en una cueva abierta bajo tierra.
Otros, que era un castigo de los dioses.
Los más supersticiosos aseguraban que no era un jabalí, sino el espíritu de todos los animales sacrificados para alimentar a los hombres que conquistaban el mundo.
Los romanos, que eran muy prácticos para construir imperios y muy poco pacientes con las historias raras, decidieron organizar una partida de caza.
Mandaron soldados, perros, lanceros y rastreadores.
Salieron antes del amanecer.
Y nunca regresaron todos.
La leyenda dice que siguieron al animal durante horas por montes, barrancos y antiguos senderos. Cada vez que creían tenerlo acorralado, la bestia rompía el cerco y huía hacia la costa, dejando tras de sí sangre, barro y marcas profundas de pezuñas.
Al caer la noche, los hombres encendieron antorchas.
La cacería continuó bajo la luna.
Entonces empezaron los gritos.
Primero los perros.
Luego los caballos.
Después los hombres.
A la mañana siguiente, los pocos supervivientes bajaron hasta el campamento sin hablar. Llevaban las túnicas rotas, los brazos ensangrentados y los ojos de quien ha visto algo que no cabe en una crónica militar.
El oficial al mando ordenó borrar el episodio.
No habría inscripción.
No habría honor.
No habría relato.
Solo silencio.
Pero el silencio, cuando se entierra mal, acaba saliendo por alguna parte.
Y quizá por eso, siglos después, algunos siguen escuchando la cacería.
Entre las tres y las cuatro de la madrugada.
En ciertos tramos del Mediterráneo.
Primero las pisadas.
Después el metal.
Luego los jadeos.
Y, si la noche está muy quieta, el gruñido.
Un sonido bajo, profundo, como una piedra arrastrándose por dentro de la tierra.
Los camioneros veteranos dicen que, si lo oyes, no debes mirar al arcén. Debes seguir conduciendo. Sin frenar. Sin acelerar. Sin poner la radio. Sin hacerte el valiente.
Los operarios de carretera tienen otra norma no escrita:
Si encuentras restos de un animal junto a la vía, no hagas bromas.
Porque hay huesos que no parecen recién muertos.
Hay cráneos que no parecen de este tiempo.
Y hay colmillos que, incluso limpios por el sol y la intemperie, conservan algo parecido a una amenaza.
Una vez, en uno de esos tramos donde la carretera se curva cerca del monte, apareció una calavera de jabalí junto al arcén.
No había cuerpo.
No había sangre.
No había señales claras de atropello.
Solo el cráneo.
Blanco.
Seco.
Quieto.
Como si alguien lo hubiera dejado allí.
O como si algo hubiera terminado por fin una cacería empezada hace más de dos mil años.
Quien lo encontró dijo que, durante unos segundos, no se escuchó ningún coche.
Ni el viento.
Ni el mar.
Solo unas pisadas lejanas perdiéndose al otro lado de la carretera.
No eran pasos de soldados.
Eran pasos de hombres cansados volviendo a casa.
Y entre ellos, muy al fondo, un jadeo enorme.
Como si la bestia siguiera viva.
O como si la carretera, de vez en cuando, recordara lo que fuimos antes de llamarla autopista.
Antes del asfalto.
Antes de las luces.
Antes de creer que habíamos conquistado la noche.
Porque hay carreteras que unen ciudades.
Y hay otras que unen siglos.
La vieja carretera del Mediterráneo pertenece a las dos.
Por eso, si alguna madrugada conduces entre las tres y las cuatro y notas que la autopista se queda demasiado quieta, baja un poco la velocidad.
Mira al frente.
Sujeta bien el volante.
Y no mires al arcén.
Sobre todo si escuchas pisadas.
Sobre todo si escuchas jadeos.
Sobre todo si, entre la oscuridad y los matorrales, te parece ver dos colmillos blancos esperando bajo la luna.
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